Vampiros eran los de antes

Siempre me fascinaron (este verbo es muy femenino, pero en cuanto a los vampiros, creo que se aplica perfectamente) los vampiros (ven? se los dije).
Tirando unos bocetos sobre chupasangres, salió este bonito conde Orloff haciendo de cochero, que me dio pena descartar totalmente, y que me va a servir para ilustrar este recuerdo.
Como les decía, desde chico me cautivó el Terror, pero la figura del vampiro sobre todas las demás. Científicos locos, monstruos de bricolage, incautos exploradores de lo oculto, zombies, hombres lobo, fantasmas, todos tenían lo suyo... pero ¿quién podía desbancar la figura del Conde inerte, aunque con los rojos ojos a punto de abrirse, en la cripta del sótano del semiderruido castillo, en lo alto de la montaña de picos escarpados?
Era el gran programa, cuando éramos chicos, juntarnos los primos un fin de semana entero, a explorar las por entonces casi desiertas y siempre verdes regiones de Hernández en las que se perdía la quinta del tío Gustavo donde fijábamos residencia, jugar a la guerra o a los caballeros, o los exploradores (jugar a la momia quedaba para la casa de la abuela), arrastrar unos cientos de metros tirando entre todos el cuerpo rígido y semiesquelético de algún caballo muerto bajo el solitario y abandónico cielo de la pampa, y a la noche... Viaje a lo inesperado, el programa de tele presentado por Narciso Ibáñez Menta, o Nathán Pinzón. La presentación de la película, fuera quien fuera el que la efectuara, luego de algún comentario anodino acerca del argumento, inexorablemente terminaba en risotada.
A mí ninguno de los dos me daba miedo, pero Narciso tenía un vozarrón, y cumplía con las características que juzgábamos como adecuadas para personificar a un verdadero transtornado.
Sin necesidad de consultar hoy a mis primos, creo que no falto a la verdad si señalo que era nuestro preferido.
Nathán, aunque ponía empeño, se parecía a cualquiera de los viejos podridos que estábamos acostumbrados a soportar en las reuniones de adultos –donde los niños debían permanecer callados o ausentes (toma nota, oh, niño contemporáneo) so pena de ser escarnecidos públicamente–, o el club, y que no hacían más que echarnos de donde estuviéramos, hacernos callar, o tirarnos una bronca. El sopapo también era una opción válida.
Viejos cabrones, como Nathán tampoco nos causaban miedo, sino una especie de ansia, de sed de venganza (que se solía saciar al instante, contradiciendo las consabidas recomendaciones culinarias). Y partían ignorantes de las tertulias con un sapo de polizón en el bolsillo, un cartel pegado a la espalda, o una cancioncita cuyos versos inmortalizaban sus más señaladas aristas personales.
Pero yo no quería hablar de eso, sino de lo que el Terror era para nosotros. Los cinco primos veíamos esas películas clase B, y nos asustábamos a muerte.
Finalizado el programa, zombies, vampiros, maldiciones, entierros prematuros acompañaban nuestra ida a la cama. Sin saberlo (años después nos aprendimos los nombres), las de Peter Cushing, Christopher Lee y Vicent Price, eran nuestras predilectas. Nos íbamos con los ojos como platos al dormitorio, donde nos arrullaría el cantar de los grillos.
Una vez en la cama, largas conversaciones de terror eran el preludio del sueño, en las que nos turnábamos a ver quién conseguía, quién lograba, el cuento más espantoso.
Y uno a uno nos íbamos quedando dormidos, esperando ansiosos una pesadilla que valiera la pena contar, al día siguiente.

La felicidad de los patos


Los patos tienen mala prensa, aceptémoslo.
Suelen ser personificados como gruñones y malhumorados. O en el mejor de los casos, como hipocondríacos depresivos, que a la larga... ¡terminan siendo cisnes!
Son también objeto de la maledicencia popular.
¡Quiero denunciar que se trata de una campaña de prensa de aquellos que odian a los patos!
¿No me creen?
Prueba ineluctable: de no ser así, ¡no se hablaría tanto de los defectos de los patos!
Posteo, volviendo al tema ilustración, un dibujo que hice para preescolares, donde los chiquitos visitan una bucólica granja, alimentan gallinas, chanchitos y patos, cómo no.
Y allí van ellos, patos felices, entusiastas, criollazos, arrojados, ignorantes de que con cada paso que den, pasarán a la historia con una cagada.


Un día como cualquier otro en esta vida rutinaria


Hace ya varios años ilustré un método de idiomas para chicos donde la acción giraba mucho en torno a cierta mascota familiar, un gato atorrante, taimado y ciertamente cínico, que basé mucho en mi gata barcina de entonces, Virna Lisi. 
Para ejercitar ciertos verbos y actos cotidianos, la editora no encontraba una salida que le convenciera.
Se me ocurrió proponer esta feliz rutina de gato calavera.

Sarmiento

Un día después del día del Maestro subo este post, texto literal del prócer.
Sarmiento lo escribió, y lo hizo.
Un padre pobre no puede ser responsable de la educación de sus hijos; pero la sociedad en masa tiene interés vital en asegurarse de que todos los individuos que han de venir con el tiempo a formar la nación, hayan por la educación recibida en su infancia, preparádose suficientemente para poder desempeñar las funciones sociales a que serán llamados.
El poder, la riqueza y la fuerza de una nación dependen de la capacidad industrial, moral, e intelectual de los individuos que la componen; y la educación pública no debe tener otro fin que el aumentar estas fuerzas de producción, de acción y de dirección, aumentando cada vez más el número de individuos que la posean. La dignidad del Estado, la gloria de una nación no puede cifrarse, pues, sino en la dignidad de condición de sus súbditos; y esta dignidad no puede obtenerse, sino elevando el carácter moral, desarrollando la inteligencia, y predisponiéndola a la acción ordenada y legítima de todas las facultades del hombre. 
Sarmiento, De la Educación Popular (1849)

Guatemalacamón




















Toca Guatemalacamón.
¿Se lo van a perder?
A ver si salen un poco, se comen una pizza en La Mulata y disfrutan de la performance erótico/político/musical de Guatemalacamón, y después me cuentan.

A veces no sabemos exactamente cómo decir las cosas

Eso puede ser que nos altere un poco.

Un fragmento de una ilustración que hice para un manual de Richmond Publishing, sobre medio ambiente, contaminación y calidad de vida.

¿Es una amenaza o una advertencia?

Me encanta esa respuesta.
No sé si era de John Wayne o de Vic Morrow en vaya a saber qué western.
Sí me acuerdo, en cambio, que debe decirse –es imperativo que así sea– mirando de costado, y levemente girada la cabeza hacia abajo, como un compadrito.
A mi me gusta decir alvertencia, como el perro Alvertido de Don Segundo Sombra.
Pero eso es otra historia.
Hace años, cuando parece que todavía importaba cuidar a los chicos, para unos manuales de Editorial Santillana, resolví entre otras un grupo de ilustraciones cuyo tema podría resumir en convivencia, derechos y sociedad. Confieso que así como disfruto de los veleros (prometo dejar pasar un tiempo antes de volver a mencionar el tema) y relatos marineros, abomino de las motos y de cualquier índole de la variopinta constelación de los ángeles del infierno.
No voy a decir por eso que disfruté haciendo esta ilustración. Siempre disfruto el dibujo. Simplemente, me gusta dibujar.
Y recuerda lo ya dicho, joven amante de la velocidad, el ruido y las ojotas, nunca salgas sin casco.

¿Se nota que perdió una muela?



Barcos, barcos y perros

Como voy percibiendo que esto toma un cariz exclusivamente naviero, con la idea de empezar a abandonar el tema voy a subir un simple dibujo de mi viejo perrote, Marx, hecho hace algunos años en Madrid para ilustrar una carta a mi ahijada Catalina.
Hace tiempo que Marx no husmea más en el jardín, ni roba con insultante desenfado en la basura de los vecinos o se hincha el hocico contra las espinas (como el ruiseñor suicida ese de Oscar Wilde) de los rosales de mi Vieja, y está, como diría Homero Simpson, en el cielo de los perros husmeando en el trasero de otros perros...
Pero fue un gran compañero, y pasados los añares todavía extraño, echo de menos, al grandulón, buenazo, inocente de mi perro.

Leídos capitanes intrépidos

Otro capitán pirata. Con su mapa del tesoro, y el Quijote para leer en soledad allí, en la incógnita isla donde será abandonado o, a donde lo llevará su codicia luego de haber arriesgado y perdido su barco contra los atolones.
Incluso va a poder comentarlo con el loro que se lleva.
Les dije que me gustaban los barcos a vela? Bueno, me encantan las de piratas!
Meditando un poco sobre el tema... viendo a los dos capitanes piratas publicados últimamente: debe haber sido un tipo interesante, el cirujano de Tortuga, no?

A la caza de tesoros


Un motivo marinero más, pero visto desde una menos feliz perspectiva, en esta vieja ilustración mía donde un buzo hurga entre los restos de un naufragio, y un servidor sigue la brújula del universo Hergé.
Me acuerdo de que para el barco me inspiré en el Mayfower.

José.

Me tienen harto, harto, los vociferanes, los ampulosos, los relativistas, los mentirosos, los memoriosos olvidadizos, los equivocados reincidentes, los alambicados, los traidores, los empobrecedores, los saqueadores, los profanadores, los disfrazados, los que le encuentran la vuelta, los quintacolumnistas, los irresponsables, los sordos, los que la tienen posta, los peores ciegos, los que todo se lo han llevado pero, los que siempre le encuentran explicación a lo inadmisible, los sinvergüenzas.
Los faltos de buena voluntad, los amargados, los estafadores del ánimo, los malintencionados, los partidarios del sacrificio ajeno, los discursivos enrevesados, los que siempre están a salvo, los que van a ver la verdad cuando sea tarde, los siempre adeptos a la mayoría que juegan de minoría.
Los que se dicen ateos mientras recitan una misa, los que se dicen historiadores, pero prostituyen la historia, los que se llaman populares, pero desprecian al pueblo, los que se dicen libres, pero son esclavos.
No han dejado nada.
Ni la memoria, ni el sereno derecho al Relato de Nuestros Padres, dejaron.
Ni los colores y la mirada del hermano en las mañanas de agosto.
Ni las palabras que perfumaban a laurel, para llevarse a la boca. Ni la celeste imagen del firmamento.
Sin embargo.
Si apoyamos el oído en la tierra olorosa, podemos escucharlos.
Si abrazamos los árboles centenarios, podemos sentirlos.
Son los ecos de la Historia. Están ahí, somos capaces de percibirlo. Si aguzamos el oído, cabalgando a pelo el honesto viento, nos hablan y nos señalan el camino.
Y tenemos todavía tu ejemplo.
Somos ricos.

Mi única Patria, la Mar (y el choripán mi bandera)


Sí, hubo una época en la que el mundo de la piratería era ajeno al de las descargas ilegales de música (debo decir que los muchachos de Somalía no lo están haciendo mal).
Para Editorial Richmond, un capitán pirata que por algún motivo tenía que tener una inexplicable ristra de chorizos atravesada en su garfio, ilustraba una canción que seguramente no era la del cajón del muerto.